Por pedro garcía cueto
Recordemos las palabras de Billy Wilder, el por qué volvió a una historia que le rondaba en la cabeza desde tiempo atrás, desde que vio Breve encuentro:
“Volví a ella porque acabábamos de terminar Con faldas y a lo loco y me encantaba Lemmon. Esa película fue la primera vez que trabajamos juntos y dije: “Éste es el que necesito- Éste es el que tiene que interpretar al protagonista. Un poco hombrecillo, como decíamos antes, una persona que despierta compasión” (Cameron Crowe, Conversaciones con Billy Wilder, Alianza Editorial, 2000, p. 150).
La idea de elegir a Lemmon fue fundamental, muy pocos actores en la historia del cine hubiesen dotado al personaje de ese aire de tristeza y de comedia a la vez que el genial actor americano (uno de los más grandes del cine moderno) regala a su personaje, es un hombre entrañable, que no podemos odiar, pese a alquilar su apartamento, porque en cada secuencia está el humor, el encantamiento de un hombre tierno en una sociedad feroz que ya no tiene lugar para una persona de sus características. También el médico, el doctor Dreyfuss, interpretado muy bien por Jack Kruschen, tiene vida, es un hombre que no ha perdido su humor, tiene una gran paciencia y no duda en ayudar a Lemmon cuando Fran intenta suicidarse y, sin duda, Fran, una mujer que cree en el amor, que vive el autoengaño por Sheldrake, un cínico de nuestro tiempo, un ejecutivo que manipula a los demás, porque así entiende la vida.
La soledad está detrás de muchas escenas, la escena del parque, cuando Lemmon duerme allí, la escena del teatro cuando él espera pacientemente a una mujer que no va a acudir a su cita, cuando ve la televisión en su apartamento y al final, aburrido por la publicidad, la quita y se va a la cama. Toda la película es un reflejo de esa soledad que viven muchos seres en una ciudad de mucha gente, que buscan algo especial entre la rutina de sus vidas.
El apartamento es una de las mejores muestras del talento de Billy Wilder, porque la mirada del director está llena de ternura y de ironía a sus personajes, el final, cuando Fran cree que Lemmon se ha suicidado, después de la heroica acción de dar a su jefe la llave del aseo en vez de la de su apartamento, para recuperar la dignidad perdida, pero se trata solo del ruido del corcho de la botella de champán cuando abre la misma, nos reconcilia con un mundo en que debemos creer, donde la inocencia y la ternura nos salven del despiadado mundo de las oficinas y de la gran ciudad.
La soledad de dos seres que intentan, en un final feliz, iniciar una historia de amor, jugando a las cartas, nos hace pensar que la vida siempre da otra oportunidad y que debemos aprovecharla.
Con un guión de Billy Wilder y su nuevo colaborador, I. L. Diamond, con decorados de Alexander Trauner, con la música maravillosa de Adolph Deutsch, la película se llevó cinco Oscar de la Academia (sorprende que no se lo llevasen Lemmon y McLaine por sus excelentes interpretaciones), porque fue y sigue siendo una obra maestra.
Lemmon, el actor fetiche de Wilder encarna a un genial Patou, que, desde el principio de la película ya nos hace sonreír, es un hombre solitario, inocente, un hombre que cree en la ley, incapaz de infringirla, muy lejos de los chulos que hay en el barrio parisino. La película empieza como si fuese un documental, con estampas de París y luego la mirada de Lemmon, como si todo se eclipsase al aparecer un actor dotado con la genialidad.
Patou se convierte en el chulo de Irma, hay escenas que demuestran la enorme ternura de Wilder, como aquella en la que Lemmon se acuesta con Irma (de nuevo, Shirley McLaine, pareja de El apartamento y aquí estupenda en su papel de fulana), y no quiere que ella le vea en ropa interior, la chica tiene que ponerse un antifaz.
Para Wilder, el cine es siempre inocencia, un lugar donde pueden tratarse los temas más espinosos sin perder la sonrisa y la ternura, como en esta película magistral.
Lemmon no quiere que ella vea a otros hombres, no puede ser realmente su chulo, todos son apariencias (recordemos la cantidad de apariencias que ya aparecían en El apartamento, Baxter pareciendo un don Juan, sin serlo, los jefes llevando una vida de engaños, con un humor muy poco divertido, el ruido del corcho en la botella de champán que parece un suicidio), por ello, decide trabajar muy duro en el mercado para inventar un personaje, un lord inglés que sea el único cliente de Irma, que no es otro que él mismo.
Se puede decir que la historia roza el absurdo, pero no que no tenga ternura, que no nos empuje a la sonrisa, a la mirada feliz de un mundo donde no hay nada sórdido, pese al tema que trata.
La soledad es otro tema que, de nuevo, toca Wilder, son personajes solitarios, como Patou, cuyo único apego es al trabajo de gendarme, tras ser despedido, no se va con su familia, no la tiene y sí acaba en el lugar donde ocurrió todo (algo absurdo, si no analizamos con calma, ya que nadie volvería al lugar de su desgracia), Patou es un hombre tímido, que no ha estado con chicas (nos recuerda mucho a Baxter), un hombre que, fortuitamente, se convierte en líder cuando derrota al chulo de Irma.
También el camarero es un hombre solitario, siempre cuenta historias, pero nadie sabe si son verdad, su capacidad para fabular lo envuelve en el farsante, pero un mentiroso entrañable.
Y el papel de Shirley McLaine, la bella Irma, es una mujer solitaria que no conoce el amor y que vive con su perrito. Una mujer que está acostumbrada a servir a un hombre, sin entender que Lemmon no es capaz de utilizar a una mujer.
Podemos decir que la historia es absurda, que cuesta creer que Lemmon pueda ser un gendarme o la McLaine una prostituta, que la historia del Lord inglés hace aguas, pero no que la película no nos lleve a su terreno, no nos emocione y nos haga pasar un gran rato, disfrutando de una historia con final feliz.
La película estaba basada en un musical, pero sólo se respetó uno de entre los muchos números que tenía la obra en la que se basaba.
Wilder recuerda cómo mandaron un cura al plató donde se rodaba la película, pero éste disfrutó de lo lindo viendo a las chicas vestidas de fulanas, fue enviado allí para que no se excediese la cinta en algún tipo de inmoralidad, ya que, al final de la misma, había una boda católica (la de Patou e Irma) y quería ver que no se hacía burla de un rito sagrado.
Wilder no estuvo contento con la película, porque consideró que nada era verosímil, pero, olvidando la poca credibilidad de la historia, la película sí resulta divertida y bien hecha en su conjunto.
La obra de teatro en que se basó la película era de Alexandre Breffort, la música fue una delicia, gracias a André Previn, los decorados, de nuevo, del artífice de El apartamento, Alexander Trauner y el guión de Wilder y el genial I. L. Diamond.